'Las voces del silencio'. Un viaje al centro del pensamiento crítico y la mística espiritual. Un ensayo para quienes buscan la verdad en el altar de la naturaleza y el susurro de la conciencia."
En este manojo de versos el escritor plasma un pasado alegre y triste muchas veces, pero de la tristeza se saca los mas dulces recuerdo que evoca un alma solitaria y divaga en las memorias de todos aquellos que hoy se encuentran en las estepas Magallánicas trabajando de ovejero, de alambrador y de puestero.
sábado, 14 de febrero de 2026
LAS VOCES DEL SILENCIO
LAS VOCES DEL
SILENCIO
Ensayo y Cartas de un Loco
II. PARTE PRIMERA: EL HOMBRE Y EL ESPÍRITU
La Naturaleza como altar
La Naturaleza
como Refugio del Dios Interior
No hay mayor
alegría que aquella que nos entrega la naturaleza y cada ser viviente que
habita en ella. He hecho de este entorno mi refugio espiritual cada vez que
logró escapar de la ciudad de cemento. Bajo el verde de los bosques siento que
me encuentro con Dios, ese que habita dentro de mí y me conduce a nuevas
tierras. No lo busco: Él llega cuando necesito estar en paz y me someto a mis
principios como ser humano.
Busco el refugio en el monte y no en una iglesia, porque
la naturaleza es vida, y en todo lo que tiene vida está lo divino. Muchos se
dedican a orar, pero las oraciones no darán la paz si no te buscas en tu
interior hasta encontrarte a ti mismo. Si la vida nos fue dada, lo justo sería
que supiéramos distribuirla a través del tiempo en beneficio de los demás. Sin
embargo, sé que muchos la malgastarán en favor propio, aprovechándose de los
desposeídos. Los corruptos afloran cada día y el hombre, sumido en un
conformismo abrumador, cae en una depresión que roza lo inmoral.
Capítulo 1: El
Ciclo de la Sabiduría
La naturaleza
es el complemento de la vida más sabia. En ella vemos el nacimiento de un árbol
y la muerte de otro. Observo cómo la maleza asfixia a los más débiles y
concluyo que este ciclo se repite en la ciudad: siempre hay agentes nefastos
que se aprovechan del prójimo. El instinto irracional del hombre es
perjudicial; él no escala para sobrevivir, sino para amasar fortuna sobre el
débil, olvidando que el dinero no compra la eternidad ni soborna a la muerte.
A diferencia del hombre, el árbol caído alimenta a nuevos
seres para convertirse en tierra. Los bosques nos entregan el oxígeno del cual
dependemos, por eso son mi altar. Pero el hombre, en su afán de ser dueño de
todo —inclusive de sus semejantes—, se ha vuelto el peor depredador,
exterminando los bosques sin entender que está matando su propia fuente de
vida. Cada hombre es un Dios: unos Buenos, otros malos.
El hombre es un
animal con discernimiento:
Sus pares confían en esa capacidad
y, por ende, rara vez objetan sus actos ante la sociedad, sean o no fieles a
los principios de dignidad. En una nación, los seres íntegros son mayoría, pero
terminan siendo una minoría subyugada ante unos cuantos que ejercen el poder.
Hoy, una cúpula política se designa cargos sin consultar a esa mayoría de
"vivos", a quienes solo se convoca cuando es necesario llenar las
urnas.
¿Somos los vivos tan libres como dicen? A mi modo de ver,
no lo somos. Los pocos a quienes hemos confiado el destino de la nación nos
someten mediante la fuerza pública; una fuerza que nosotros mismos pagamos para
protegernos, pero que termina siendo el sueldo de quienes nos reprimen. El
hombre se ha convertido en un mal hecho vida: pretende ser salvador y
preservador de la especie, pero actúa como un depredador intocable. ¿Por qué
solo ellos gozan de esa impunidad mientras el resto debe servir a sus
caprichos?
Postfacio: El Mapa que aún debemos trazar
Escribí estas páginas no solo como una crónica de lo que
podría ser, sino como un espejo de lo que ya somos. A menudo, cuando hablamos
de "recursos naturales", cometemos el error de pensarlos como objetos
inertes en un inventario: toneladas de litio, litros de agua, hectáreas de
bosque. Olvidamos que cada gramo de ese "oro blanco" es el sistema
circulatorio de un ecosistema y el soporte de una cultura.
Hoy, la humanidad se encuentra en una encrucijada
tecnológica. En nuestra prisa por salvar el planeta con energías limpias,
corremos el riesgo de repetir los mismos ciclos de saqueo que denunciaron
nuestros abuelos. No hay justicia en un auto eléctrico que se mueve gracias al
sacrificio de un salar sediento o de un pueblo condenado al olvido.
Proteger nuestros recursos naturales no es un acto de
conservadurismo nostálgico; es el mayor acto de soberanía y amor que podemos ejercer. Es entender que la
economía debe servir a la vida, y no al revés. Si permitimos que el mapa de
nuestra patria siga siendo diseñado en oficinas lejanas por los
"Arquitectos del Olvido", seguiremos caminando con los zapatos rotos
sobre una riqueza que no nos pertenece.
LAS VOCES DEL SILENCIO
Ensayo y Cartas de un Loco